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¿Qué son los “vinos de verano”?

Para disfrutar del placer de tomar un vino, sea cual fuese y mientras está servido a la temperatura correcta, no hay una estación en particular. Pero debemos reconocer que existen algunas épocas del año que se prestan más para el consumo de determinados vinos por sobre el resto. Esto sucede con mayor frecuencia en el verano, lógicamente, a raíz de sus elevadas marcas térmicas. Por este motivo, las bodegas apuestan a productos puntuales para el periodo estival.

En resumidas cuentas, podríamos decir que los llamados “vinos de verano” son aquellos que se pueden beber a temperaturas de servicio más bajas, que no poseen tanto cuerpo o volumen, que ostentan una grata y refrescante acidez, y que al mismo tiempo cuentan con una graduación alcohólica media o baja, para no favorecer la deshidratación. Se trata de ejemplares para un consumo un tanto “fácil”, muchas veces sin necesidad de estar acompañando una cena o almuerzo.

Dentro del abanico vitivinícola las opciones son muy amplias, con lo cual la llegada del calor no tiene por qué representar el hecho de dejar de disfrutar del encanto del vino. Aquí es donde comienzan a prevalecer aquellos vinos, si cabe la expresión, más frutales, florales y de acidez marcada (sin llegar al punto de perder el correcto balance con el alcohol). O sea, aquellos productos “jóvenes”, pensados generalmente para degustarse en el año o al año siguiente de su salida al mercado.

Por supuesto, a la cabeza del listado se ubican los vinos blancos, esos que son especiales para el verano, gracias a su característica de requerir una temperatura baja de consumo que resalte la agradable acidez, aplaque las sensaciones cálidas del alcohol, y aún así permita que los aromas y sabores sean perfectamente apreciados. A modo de ejemplo, podríamos nombrar las cepas Chardonnay, Riesling, Torrontés, Sauvignon Blanc y Chenin Blanc.

Seguimos en la lista con los espumantes (o también denominados acorde a su procedencia espumosos, cava, champagne, etc). En estos vinos se suman las burbujas, aportando un toque de frescura extra a la acidez, requiriendo también una temperatura de consumo baja para disfrutarlos en todo su esplendor. Los espumantes se conforman en general por las cepas Chardonnay, Pinot Noir y Pinot Meunier, aunque hallamos en Argentina muchos realizados con Torrontés, Chenin Blanc y Riesling.

Luego llega el turno de los rosados, clásicos de esta época del año. En este caso encontramos un punto medio entre un tinto y un blanco, con algo del cuerpo, color y taninos de los primeros, sumado a la acidez y frescura de los segundos, resumiéndose todo en un vino muy expresivo. Una marca térmica cercana a los 10 grados de servicio es ideal para estos productos. Mayormente los rosados son elaborados en base a las uvas Merlot, Malbec, Pinot Noir o Syrah.

Por último, los tintos jóvenes. Son los hechos con cepas no tan “corpulentas” en boca, como por ejemplo Pinot Noir o Merlot. Pero sea cual fuere la cepa que se utilice, cuentan con la particularidad de no ser cosechados tarde, para asegurar un buen nivel de acidez y un tenor alcohólico medio. En general no poseen paso por barrica de roble, ya que no están pensados para ese fin. Así también, genéricamente, se distinguen por atravesar por períodos poco prolongados de maceración, para no dotarlos de mucho “cuerpo”. Son vinos que se disfrutan servidos a aproximadamente 12 grados.

Se colocan en esta etapa del año, siempre hablando en términos muy generales, los vinos arriba enumerados por sobre aquellos que gozan de mayor cuerpo, añejamiento o complejidad, los cuales requieren una temperatura de servicio algo mayor que los anteriores, fundamentalmente por sus múltiples y fusionados aromas y sabores mas “pesados”, al mismo tiempo que la necesitan para equilibrar alcohol, acidez y compuestos tánicos.

 

Por Diego Di Giacomo

diego@devinosyvides.com.ar

Sommelier – Miembro de la Asociación Mundial de Periodistas y Escritores de Vinos y Licores